El Vuelo de Ícaro de Samuel Cavero

o la absoluta in-certidumbre de ser

 

 

“De pronto sentí una sensación nunca antes sentida con tan absoluta certidumbre. Y era la de estar en el infierno”.

Malcolm Lowry, Bajo el Volcán

 

 

 

 

Por Róger E. Antón Fabián

rogerantonfabian@hotmail.com

Febrero del 2010

 

Conocí a Samuel Cavero cuando me había divorciado de mi primera esposa y ya vivía con mi tercera mujer, era el verano del año 2008, y de pronto lo tenía ahí al costado, en el asiento contiguo de un ómnibus interprovincial de la empresa de transportes Expreso Molina Unión camino a la ciudad de Huamanga. Me lo había presentado el editor Willy del Pozo; pero a decir verdad no sabía nada de él. Acababa de publicar A los pies del Supay, su libro de cuentos. Nos enteramos que haríamos una escala en Ayacucho y nos encaminaríamos nada menos que al corazón de la selva cusqueña, a la comunidad de Kimbiri. Ahí en plena madrugada, mientras el ómnibus trasponía varios pasos de altura a más de 4.000 msnm. Samuel me confesó que era un escritor nacido en Ayacucho hacía un puñado de años y donde tenía una casa, había radicado en Chile y Sydney, además era autor de varios libros y muchos de sus cuentos habían sido premiados en diversos concursos internacionales.

Yo había publicado mi primer libro El paraíso recuperado (Historia libresca de un ladrón) y viajaba por primera vez a la selva. Todo el camino, mientras Willy del Pozo soñaba con mundos fantasmales, nosotros la pasamos hablando de literatura, libros raros, escritores extravagantes y la imposibilidad de escribir porque él no dormía y no paraba de hablar, fue entonces cuando amodorrado le planteé alguna de mis viejas disquisiciones literarias, una pregunta con tono de trampa como quien dice a su interlocutor “la literatura es lo mejor que me ha pasado en la vida, pero deseo dormir”: ¿para qué sirve la literatura?

Desembarcamos en Huamanga y, camino a la ciudad de Kimbiri, seguimos con la plática ya en plan de casi pugna literaria, que un ávido Urbano Muñoz, especialista en cultura andina huamanguino, arbitraba con tiempos y reflexiones concluyentes. Ya en Kimbiri nos hospedamos en la misma habitación de hotel y la verdad Cavero Galimidi no paraba de hablar, y hasta en sueños discurría de literatura, mezclando sus ideas con sus personajes y su propia vida. Presentamos nuestros libros en un paraje inusualmente poético, frente a la comunidad en plena selva peruana, rodeado de palmeras y a la ribera de las variantes de los ríos Apurimac y Ene. Llegada la noche en la ceremonia de homenaje como por arte de magia desapareció y nos pasamos toda la noche buscándolo por todo el pueblo. Así lo conocí, desde entonces descubrí que seriamos buenos amigos, y que hasta el fin de nuestros días tendríamos en la agenda el tema postergado, que a mí me agrada tanto y que quizá a él lo aburre a rabiar.

Samuel Cavero ha escrito Ícaro –inicialmente llamada El Vuelo de Ícaro–, novela múltiple que sin embargo se lee muy ávidamente, la historia de un expatriado, una expresión de la soledad, del desarraigo existencial, la entrañable vida fronteriza de un gay en conquista de sus primeros amores. De ella se puede aseverar que trata de abarcar la realidad total: es una novela política e histórica, psicológica y filosófica, de género y amores, de aventuras y costumbres, y aunque la técnica novelística moderna no solo se sostiene por un argumento lineal, posee un universo narrativo que logra en el lector una sensación alborozada, doliente y asimismo dichosa, contrapuntos solo logrados merced al constante oficio de una búsqueda literaria.

Escrita en primera persona es la historia de Leopoldo Ícaro Errázuri –descendiente de españoles, árabes, mapuches, aztecas, incas y unos indomables abuelos, unos caciques guerreros del Mediterráneo–, un emigrante, expatriado nostálgico e intruso en Sydney, destinado a perder la vida dócilmente, a buscar otros caminos y desarraigarse, quizá engañado en el entusiasmo de viajar, escribir y dictar esporádicos talleres literarios, en una absoluta soledad impregnada ya en su nombre: Ícaro, por inventiva de su propio padre, un coronel aviador, progresista, irreverente y defensor del gobierno de Allende, lector de Mayakovski y amigo personal de Pablo Neruda por lo cual los militares de la dictadura lo apresaron, y de quien el protagonista conservaba un anillo de su graduación al inicio de su carrera como alférez; mientras su madre, víctima del cáncer, recorre todo Chile buscando al padre desaparecido.

El personaje principal es un ser hecho a medias: enamorado de Josue y en cierto modo un gay reprimido, se siente un emigrante iluso en la búsqueda de la eterna felicidad, un ser atormentado en busca del refugio político. Sentirse perturbado con esa inclinación era una aventura creativa y un examen de lo desconocido en sí mismo, acaso ¿eran esos sueños los de un embriagado alucinado, los de un poeta con los días envenenados por el sufrimiento, amante de un mundo aparte o la embriaguez de un soñador imperfecto? Sufría grandes remordimientos de abandonar en Chile a la suerte a su madre, quien no se imaginaba que su ingenuo baby, ese niño lector de Dostoievski gustaba de otros hombres.

Una vez en Sydney debía de buscar su primera pareja, el hombre de sus sueños, establecer un romance bucólico y de hermosura interior, esa ilusión juvenil. Se propuso entonces escapar de su atesorada castidad con David Macquarie, un supuesto muchacho australiano que había conocido por el Sydney Star Observer, un diario de la comunidad gay de Sydney, porque Ícaro había depuesto lo varonil para usarlo sólo en tiempos de remota hostilidad con prostitutas a las que veía deambular a plena luz del día vendiéndose, drogándose, inyectándose y mostrando la carne marchita entre sus bragas. Pensaba en el dolor de cada inmigrante que dejaba a los suyos para buscar nuevos horizontes, y dado el interés en la pureza del alma, esa sublevación del espíritu, cual un descubridor se citó con Macquarie, pero en vez de este asistió un anciano.

David, se suponía, era su enamorado, y al hablar con el verdadero Macquarie, este se sorprendió de que él todavía estuviera ahí, en su inmenso país donde podría perderse, pero cruelmente le dio negativas para ofrecerle su dirección. Dolía hacerse gay, punzaba el alma ser jinete de las sorpresas. David Macquarie tendría alrededor de ochenta años; pero en realidad él no pensaba sino en Joshue, el hombre de su oscuro pasado. El verdadero David Macquarie, le dio de prisa una tarjeta e Ícaro se dirigió a la casa de Glen, otro anciano acaso inspirado en la personalidad de Charles Bukowsky, mugroso, pornógrafo, maloliente y repulsivo que convive con cucarachas, apenas si podía pararse y despreocupado se dedica a escuchar música clásica, apostar en el juego de las loterías y divagar. Le confiesa su secreto drama a Glen: la cautelosa e ignominiosa atracción por otros muchachos y su refugio en la literatura, pues gracias a los libros vivía enamorado de lo que no conocía confundiendo la realidad con la ficción, y por ello siempre quiso viajar, emular a Julio Verne, a Miguel de Cervantes y León Tolstói.

También su madre, insinuándole, había llegado a la conclusión que su sexualidad estaría de muchas maneras determinada por la naturaleza del demonio, y que su cuerpo se debía a tal particularidad. Narrativa del despertar sexual y los conflictos de identidad, que nos hace transitar entre los abismos de la razón y la sinrazón, el desarraigo y la paranoia donde se denuncia el cliché del comentario homofóbico, Ícaro, ese ser encerrado, impresiona también por sus ideales compasivos y sus sueños pecaminosos con Yukio Mishima, merced a la lectura de un libro de Marguerite Yourcenar, y toda suerte de goces y placeres mundanos que debe vencer, descifrando claves, recordando lecturas, hilvanando su vida y la del célebre escritor japonés, y piensa en sus traumas sobre el género, pues fue criado a la antigua en una sociedad chilena reprimida, aquella “sociedad cartucha” que dio la severidad de su padre militar.

Ni pensar en la Psiquiatría, pues se dio con un psicoanalista que se marchó apuradamente en la cuarta cita sin dar explicación alguna, a pesar que pagó sus consultas. Quizá debía de estar extraviado mentalmente desde el día en que llegó a estas tierras. Ícaro es un mercenario de las palabras e ilusiones, un abatido sobreviviente buscando liberarse para desarrollarse como un gay pleno (de ahí el primer nombre de la novela), sin reservas ni cuidados; pero una emoción de temor lo contiene, esa de poder ser un gay desdichado. Quizá su locura no era una alteración fisiológica o un trauma psíquico que viciaba la constitución misma de su yo consciente, perturbándole desde el origen las posibilidades de adaptación normal a la realidad; y quizá la respuesta a la vieja pregunta que le hice al autor, la encontremos aquí  o precisamente en la inmolación, pues el personaje cree que ser escritor o intentar serlo, cuesta; él mismo desea escribir la más sublime novela que “beba y lave” todas las sensibilidades, lo esencial, para lo que sirve con toda su alma y dolor.

Samuel Cavero con el pasaporte de su escritura ha intentado en esta novela meter la cabeza en lo censurable, en lo dicho a media voz, también ha pretendido saltar al vacío, porque al saber que la literatura es básicamente un oficio peligroso, transitar por el borde de la cornisa, mirando el precipicio es hundirse en el ser, arrastrarse, escarbarse, tejer y destejer silencios, naufragar siempre en el pozo sentimental en que el narrador –y a veces el autor– se ha sumergido. Él que pensaba que conocer a fondo las ciudades y las gentes de Australia y hacer anotaciones en sus libretas de bitácora para publicarlas algún día, sería uno de sus primeros trabajos literarios para reconquistar el paraíso perdido, y sobre todo para percatarse que amando a la condición humana se ha de borrar los odios y las diferencias.~

 

© Róger E. Antón Fabián, es autor de la novela El Paraíso Recuperado.

 

 (Chimbote, Ancash, Perú, 1975)

 

Es licenciado en Filosofía por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (UNMSM).
Obtuvo el Primer Premio de los Juegos Florales Basadre Grohmann de la UNMSM en 2003, la primera distinción en la III Cuentatón de Lima en ese mismo año, entre otros premios.
Es miembro honorario del Grupo Literario El Universalismo. Sus artículos periodísticos se publican en revistas y diarios de Perú y otros países.
Alfaqueque Ediciones publicó su Novela El Paraíso recuperado (Historia libresca de un ladrón) con la que dió comienzo la nueva colección Equipaje Ligero.