Huevo telúrico

Morir, morir, qué amargo trago.
Mis ojos, a la luz de la luna, ceniza.
La muerte, vital como el agua,
la clara del huevo telúrico
en la que permaneceremos
sumidos como los peces
en el agua.

Luz mercurial. Yo tengo esa luz.
Me llama y me envuelve.
Es una cadena que va de la vida
a la muerte, de la muerte
a la vida. Círculo de fuego.
Esa luz es noche vegetal.
             ¡Yo soy la yema!


Si de pronto Dios hubiese descendido
para rozarme con sus dedos…
sensibilidad hacia la vida
sensibilidad hacia la muerte.
Cada parpadeo cerca de Dios
es un tic tac de la muerte.
Hedor a humanidad.

 

 

Sed, arena y muerte


Morgue. Sed, arena y muerte.
Máscaras. Esta sed que se siente
-¡María!- que no busca la fuente,
sino al hombre de la mala muerte.

¡Venid! Bebedme, áridos desiertos,
arenas del Jalifa más secas,
donde el espejismo es Marruecos
y tus ojos están llenos de sal y penas.

Paul Bowles vivió a vuelo de pájaro.
Las arenas son los rostros del Sahara,
tus musas las nieves del Kilimanjaro
para quien como él use una máscara.

Su verdadero rostro, sellado en mí,
moribundo se hará sal y piedra.
Mis labios, dormida mujer de piedra,
siempre Maqroll de Maraux sin mí.

Este no es El sepulcro sin sosiego.
Tampoco es el Libro del sosiego.
Sólo es La última cena de quien niego
el fuego fatuo de un hombre ciego.

¡Ay de mí! Es ésta La condición humana
de un poema como Los heraldos negros
que un poeta Flores del mal mana.
Rimbáud: Dios es salvaje,… ojos negros.

¡Ay de mí! Acicalado a tu costado era
Max Ophuls. Murieron con botas puestas.
La carga de la brigada ligera.
Fama. Pan nuestro, ¿dónde estás?

Morir primero es El Oficio de vivir.
Yo soy La náusea. Vidas rebeldes.
La isla del doctor Moreau. Sílfides.
El espejo de una sinrazón de vivir.

Margarite Yourcenar. Sal Olimpo
de los dioses dormidos. ¡Ey, Adriano!
"Tratemos de entrar en la muerte
con los ojos abiertos". ¡Sin suerte!

 

 

Ramón Castilla

La arena del desierto cadenas venció
el desierto fue siempre más fuerte
Ramón Castilla se convirtió en leyenda
al pie del caballo sombra de su suerte.

¿Dónde está el país de nuestros sueños,
de tus sueños y los míos, gran mariscal?
¿Queda más allá del Rimac o de Troya?
¿De Arica, Cartago o la Oroya?

Cómo podía saber que se ocultaba allí
lejos de tu ardiente sol de Tiliviche,
donde los negros libertos de Cachiche
levantan las dunas de nuestros pies.

¿Quién tocó tus blasones y estirpes?
Oscuras fauces del lobo son paredes.
¿Quién? Fueron tus seguidores,
los militares y políticos vividores,
hoy y siempre viejos aduladores.

Todos  son cangrejos perdedores

del barco que se hunde, sin Dios,

efímeros pulpos al mar burladores.

¿Quién tocó el cañoncito del Mariscal?
Fueron todos los que  se  enriquecieron
                    los demagogos  burladores
criollos, mestizos y blancos estafadores
soñándote oro, ilustre libertador de percal.