La guitarra  sí llora dos veces

 

A  Raúl García Zárate

 

Tanta pobreza, Dios mío, ¿hasta cuando?

Me moriré y siempre habrá pobreza

nuevos amaneceres, ferias

sueños, rezos y procesiones.

Me moriré y vendrán

quienes celebrarán otros sones.

 

Cuando se es niño cuán honda es la tristeza

mi recuerdo es la llaga de la nostalgia que bosteza

en calles y plazuelas de tardes perfumadas y   sol-presa

con olores  a huertos en limo,

chirimoyas,   naranjas y lima.

 

Recordarlo me estremece el alma

cual palpitara en hornos de pan.

Me dice alguien: ¡Poeta ten calma!

Y vuelvo a vivir en bruma de  sonrisas

de cada niño sin guerra ni prisas

porque si no tienen pan

por lo menos tienen poesía.

 

Me moriré maestro Raúl,

Y usted también, sí o sí.

Más tarde que nunca, ¿si?

¡Nos moriremos! Al baúl.

Hombres somos de carne y hueso

de huesos húmeros sin mucho peso

quizá primero yo, quizá después usted,

pues no me cansaré de repetirlo

somos efímeros de carne y hueso.

 

Hablan los retablos de misterios y sueños

y las talladas piedras de Huamanga.

Escúchelas como hablan las piedras a sus           hadas

son corazones calcinadas

en el viaje otoñal, desnudas.

Nos moriremos, “Adiós pueblo de Ayacucho”

qué más  dolor  insondable  nos das.

Nuestra palabra  se volverá  melodiosa música

y tú música  será sagrada palabra en  mi duelo cantar eterno de almendrahadas.

Ambos seremos el viento, el soplo vital,

la lluvia que jadea los trigos al hospital.

 

Venga maestro del ande

venga a mis musas, ande.

que del ande venimos, ande

enséñeme a estremecer las cuerdas

de su hermosa guitarra con sus manos yertas.

 

Venga maestro, venga, monumento de talla,

toque con esas  sus manos estremecidas

el dolor de su pueblo que el hambre es batalla

y yo le enseñaré mi otro canto que nunca calla

el de la palabra acuñada con  santa devoción,

pues  sepa usted que música y poesía es un    sólo sentimiento en olor a pueblo y memoria,

son las mismas cuerdas de una frágil guitarra

que nos recuerda que toda guitarra tiene un fin

                                                          y un hoyo

donde  nuestros dedos pueden resbalar… y resbalar sin misericordia.

Mientras tanto -como yo- no se canse de   decirlo:

tanta pobreza, Dios mío, ¿hasta cuando?

 

 

El sacrificio de Isaac

Aquí yace este hijo
quieto
   relajado
      apostado
          obediente.
Estoy a tus pies sin rebelión.
¡Hazlo, padre! Pero antes dime:
¿Por qué quieres matarme?
¿Por qué mi vida no vale nada?
¿Por qué no me contestas?
¿Cómo puedes hacerme esto?
¿Qué pecado he cometido?
¿Qué he hecho para merecer esto?
Abraham suspira y le responde:
Calla, hijo, quieto ahí, no andes respirando mi escombro
       no muevas el cuchillo,
que se le va el filo
y ando apurado por el cordero.

 

 

El dios Tláloc


Yo soy el de sangre y cal,
el
del mortero sitiado
de un gran damero.
Este es mi rostro dorado
por soles, arrasado
después de la erupción
del volcán Xitle.

Yo soy el de los fieros
                   guerreros,
el de los alfareros,
el de los lapidarios y cesteros.
¡Ese soy…!
Cóndor emplumado
el dios teotihuacano,
simplemente Tláloc
¡Ese soy yo…!
Pájaro del gran valle
el Halach Uinic maya:
                  ¡mírenme!
De mis manos y de mis pies
brotan emplumadas corrientes de agua.

 

 

 

Deshumanizado


Ayer me trajo a ti, con extrañas caricias
sobre su potro erizado, babeante,
el embrión parásito peón del alfil
de la materna entraña.

Será que hoy, mañana y siempre,
la tierra se ha de mezclar con el polvo,
pues hombre de barro soy
polen con universal acento.

Será que hoy, mañana y siempre
piedra en el camino soy,
agua del inmenso mar,
viento fresco del polvo cósmico.

Ayer me trajo a ti a beber de tus ojos
el fuego fatuo que me fecunda mientras duermo.
La hora del retorno milenario
está por llegar pronto con flores blancas.

Aquí heme: ángel incomprendido,
sol de primavera, venas abiertas en la retina,
el deshumanizado a quien despojaron
buscando una huella de tus amorosas pisadas.