Violencia y literatura

Por: Samuel Cavero

 

 

   Y si se encuentra su tumba

Como una piedra incendiada

Arma en tu honda esa piedra

Que reviente su granada

Que reviente los aromas

De mil voces campesinas

Ricardo Dolorier: Canción DESAPARECIDO

 

I

 

    Porque pensamos los hijos del Condorcunca y herederos de los Pokras, del Sarasara y Rasuhuillca, que nuestro futuro no siga siendo ahogado en tanto oprobio y la sangre tantas veces derramada no vuelva  más a repetirse, es que merecen en primer lugar ser recordadas algunas reflexiones que hacen eco en las causas de la violencia:

 

     Según Carlos Iván Degregori: “Ayacucho aparece a lo largo de la historia  como nudo de conflictos y enfrentamientos bélicos. Desde la expansión Wari hasta el encarnizado enfrentamiento entre los cusqueños y la Confederación Chanka; desde las guerras entre los conquistadores hasta la guerra de la Independencia; desde la Campaña de la Breña y los innumerables levantamientos campesinos hasta la situación actual, Ayacucho aparece como una región interminablemente sacudida por la violencia”…”Frente a la situación actual, finalmente, las cifras frías, finalmente, las cifras pero al mismo tiempo demoledoras demuestran inobjetablemente que la grave crisis y la convulsión por la que atraviesa el departamento tiene sus raíces centrales e indiscutibles en la explotación, atraso, miseria,  y abandono del departamento”.

    

 

      Según Guillermo Lumbreras: “Ayacucho se llama un lugar donde los hombres, desde siempre han luchado erguidos por la transformación de todo aquello que impida o limite su existencia. Aún la dureza del territorio y el clima fueron sometidos a la condición humana, creando una  nueva geografía, retando a los dioses de la lluvia y el viento”.

 

        A la sombra de estas reflexiones Alberto Benavides, notable filósofo quien fue profesor de la Universidad Nacional San Cristóbal de Huamanga, en su libro Después de la Guerra. nos dice: “Huamanga de Ayacucho es quizá la ciudad más virreynal que nos queda. Los “20 años de Sendero Luminoso significaron que “no hubo progreso”, o sea que no se derrumbaron las viejas casas para construir edificios. A lo, mejor es una bendición tener ese pueblo con una “religiosidad ardorosa y tétrica,  de catolicismo español y medieval”, Riva Agüero: Paisajes Peruanos, 1919)

   Con gran acierto  Alberto Benavides al hablar de Huamanga nos hace redescubrir la intuición que tenemos de que en esa ciudad “está en juego el Perú /ese difícil proyecto. Y, por supuesto,  en el Perú está en juego el Universo Mundo”. Comparten la misma idea muchos escritores vinculados a Huamanga, entre ellos  José Antonio Sulca Effio y su esposa Inés Acosta del Centro Cultural Teselo, ambos distinguidos poetas residentes en Ayacucho, a los que por suerte tuve la oportunidad de entrevistarlos en su residencia en Ate, días después de su última presentación literaria en  Antares, Miraflores.

          ¿Pero por qué se desarrolló aquí, en Ayacucho, la violencia contenida del Perú? Ahora con cerca de 25 mil muertos lo sabemos. Nuestro país es un país de promesas y desencuentros. Ayacucho es un espejo de lo que sucede en el resto del país.

Aquí el marxismo-maoísmo  quizá fue la máscara, el pretexto, el detonante.  El pensamiento deformado al servicio del poder  o en su búsqueda usando la violencia ha hecho siempre lo mismo; ha elaborado un catecismo de dogmas y sueños políticos inconclusos, ha tenido violentos  sus propios doctrineros y extirpadores de idolatrías. La guerra fue en sí misma un acto de barbarie, estupidez contra estupidez. ¿Lo justificaba su olvido y aislamiento respecto de Lima y su centralismo del poder y desarrollo? Los casi 500 años de dominio occidental (español o republicano) del Perú son otros tantos años de incomprensión y maltrato a los pueblos indígenas. No fue conquista sino invasión, como ha dicho Pablo Macera, o quizá como bien enfatiza en su libro Alberto Benavides: “no fue conquista sino violación. Los pueblos de América fueron saqueados cuando no exterminados”.

    Hay una lectura y análisis de la visión de esta guerra desde los militares que no se ha querido dar cuenta  en la crítica especializada que es de gran interés e importancia. También hay por cierto una literatura  que se contrapone a otras aparecidas con motivos claramente mercantilistas, tal es el caso del libro Muerte en el Pentagonito, Editorial Planeta, 2007, del periodista Ricardo Uceda o Secretos del Túnel, Editorial Norma, 2007, de Humberto Jara e incluso La Cuarta Espada de Santiago Roncagliolo. Quizá más acorde con el gusto está la novela Abril Rojo del mismo Roncagliolo, Premio Alfaguara de novela 2006. Si bien es un thriller policial sangriento, como lo confiesa su autor, desde “el laboratorio” intenta dar cuenta magníficamente de un proceso en la personalidad del escrupuloso fiscal Félix Chacaltana. Los métodos de ataques senderistas descritos en este libro, así como las estrategias contra subversivas de investigación, tortura, y desaparición, son reales, cuenta su autor. En todo caso intentan ser reales.

      Cuentos Verdes de la zona roja, de Carlos Edal, por ejemplo, es una obra de gran realismo  que narra las vivencias de los jóvenes peruanos que cumplen el servicio militar en el departamento de Ayacucho. A diferencia del cuento Kilómetro 450 del libro Danzantes en Casa del Diablo de mi autoría,  y otros con esta temática, como los de Dante Castro, Porfirio Meneses Lazón, Hermógenes Janampa, Víctor Tenorio, Marcial Molina, entre otros, Cuentos Verdes de la zona roja permite conocer desde la visión de los propios militares comprometidos en la guerra subversiva a ese joven anónimo que valiente y estoicamente lucha y muere en la defensa de la sociedad peruana y del Estado. Es verdad, como dice Carlos Edal, que cada uno de nosotros tendrá su propio cuento de los años de la violencia que la sociedad peruana ha tenido que enfrentar, dejándonos una huella imborrable. Es interesante en cuanto se ha escrito mucho desde la visión del pueblo o de los subversivos, pero pocas veces desde los militares quienes igualmente sacrificaron muchas vidas. Los cuentos “El barranquino” no puede ser más elocuente: “En unos segundos el mundo se le vino abajo; lo llevaron al cuartel. No podía ser, él era de Barranco y unos simples provincianos no podían destrozar su mundo. Las seis de la tarde marcaron cuando el sonido de una corneta lo trajo a la realidad. Arriaban la bandera y él se encontraba parado en le patio de cuartel. Todo había cambiado. Tenía que pedir permiso hasta para hablar, todo era mecánico y sin sentido, inclusive el comer. Este era el nuevo reto del que tenía que salir a como diera lugar” (Pág.13)

 

El cuento transcurre en gran suspenso mostrándonos toda suerte de peripecias que el protagonista debe sortear para sobrevivir, primero en Tumbes donde es levado y escapa para volver a caer levado y transportado a la zona de combate en Ayacucho, mas su destino está trazado:

     “Faltando poco para llegar a su puesto de Comando, una fuerte detonación por al Puesto de Comando, una fuerte detonación les trajo a la memoria que la guerra no acababa con el servicio militar, sino que continuaba con su veneno interminable. En pocos minutos ya disparaban, pero de pronto el enemigo desapareció; las cargas explosivas habían dañado uno de los vehículos; todos se miraban unos a otros. Pedro estaba inerte Abrazando su arma, una pequeña esquirla le atravesó el parietal derecho. El Barranquino, el héroe, el “mosca”, el líder estaba muerto”.

     El cuento La patrulla nos lleva de cara a una pregunta ¿Quién ha logrado detener esa energía negativa representada por Sendero Luminoso?

    “Mi corazón se había endurecido como una piedra de Huamanga. Al amanecer llegó el helicóptero, le llamaban el ángel salvador, pero esta vez solo retiró los despojos del “Eléctrico”. Al elevarse a los cielos, vi cómo las paletas de la máquina se perdían en la alta velocidad y aunque no reconocí lágrimas en el rostro del teniente, supe que ya había una herida en su alma de guerrero” (Pág. 36)

    En la guerra subversiva los muertos se contaban por números, las personas perdían muchas veces su propia identidad personal. Su objetivo, eliminar a “los tucos”, nombre del tercer cuento del libro. Así, la historia de La Patrulla relata los pormenores de las trágicas  muertes en circunstancias diferentes de los soldados de tropa que tenían el alias de “Preguntita”, “El Eléctrico”, “Bigotes”, “Tigrillo” y   transcurre dentro del área de operaciones de la Base contra subversiva de “Mackras”, enclavada en plena provincia de Huanta, conocida como la Ciudad Rebelde, desde las épocas en que los Iquichanos se desarrollaron como civilización brava y cruel y que en tiempos de la Emancipación, defendieron ardorosamente la causa del Rey de España. Debemos Recordar que Huanta fue escenario de la formación de grupos de delincuentes terroristas de Sendero Luminoso, cuando en 1969, su plaza se tiñó de rojo, al enfrentarse la policía con jóvenes estudiantes. Lo cierto es que el germen de esta violencia se inicia siglos antes y muestra sus desenlaces en los albores de la República, a comienzos del siglo XX, y no como dicen los informes periodísticos el año clave es 1981 durante el mandato de Fernando Belaunde Ferry. Con Sendero Luminoso la guerra sucia se desata  a partir del 18 de mayo de 1980. Valdría leer el interesante libro Monografía de Huanta del escritor Luis Cavero Bendezú para dar cuenta de una serie de sucesos subversivos como el asesinato de autoridades muchos años antes, que ahora son parte de la historia de esa región rebelde. Y quién entonces inició la narrativa de la violencia. La iniciaron los propios ayacuchanos y no los de la capital. Si pretendemos hacer justicia sería este escritor y no otros tantos que dan cuenta estudiosos de la talla de.

 

  

       Somos los peruanos harto provocadores, beligerantes,  con culturas diferentes, qué duda cabe. En Acacau Tinaja Sardaniel Huámbar usando un lenguaje hermosamente renovador para su época y tiempo se confiesa un izquierdista provocador: “Adelaida, pobre mi negra, con su hermoso lunar en la mejilla izquierda, por eso soy izquierdista en la actualidad”(Pág.56). Nos habla de su pueblo: “En Mojadobamba las garantías individuales son un “barro” mito, por la ignorancia (supina) de sus habitantes”.(Pág.30) Su lenguaje es simbólico, metafórico, lírico, violentamente renovador y hasta telúrico: “Maíz-maicito”(Pág.34); “Difuntorrincón”(Ayacucho) Pág.34; “ojival ética”, “rumbo alado” y “miríada oriflama”(Pág.38); “flamígero corazón”, “poético epitalamio lapidario”, “delicuescente pecho”, “echacantos marmitón”(Pág.39), para citar sólo algunos ejemplos. Y este libro que nos habla de 1898 y los albores del pasado siglo bien podría considerarse el “canto anunciado” de lo que habría de venir después en Ayacucho con la violencia subversiva.

        

        Ahora bien, volviendo a lo que fueron los años 80 y 90: ¿Eran las leyes y las operaciones militares antiterroristas contrarias al bien común? ¿No se defendió al la sociedad peruana del terrorismo genocida como exige la razón? Es verdad que los militares han llevado la peor parte después de la guerra. Uno de los casos más dramáticos e indignantes es el del General Roberto Clemente Noel Moral: se presentó a su primera audiencia, ante el Octavo Tribunal  Correccional de Ayacucho, un 21 de agosto de 1986 y lo siguió haciendo hasta el día de su muerte a fines del 2005; desenlace que se produjo al enterarse que lo habían ido a detener, para encarcelarlo, cuando se encontraba en la sala de cuidados intensivos. Casi veinte años estuvo litigando para demostrar su inocencia y limpiar su buen nombre. ¿Esa es la justicia rápida de la que hablan los políticos? ¡Eso es lo que un militar espera de la justicia! El panorama alcanza ribetes de injusticia cuando son los propios gobernantes, los que lejos de apoyar abiertamente a quienes cumplieron sus órdenes y defendieron a la sociedad, demuestran insensibilidad cívica y los dejan a su suerte. Debemos preocuparnos cuando la CVR por esta suerte de informes altamente remunerados donde se pretender reflejar verazmente lo ocurrido en nuestra Patria entre 1980 y el 2000; es decir quienes han sido las víctimas y quienes los “actores” o “involucrados en las hostilidades” de lo que han denominado “alzamiento armado”, “lucha política” y “etapa de violencia generalizada”. Los militares allí tienen mucho de qué preocuparse,  el libro del Coronel E. P(r) Pablo Morán Reyna titulado Complot contra los Militares, Falsedades de la CVR, AMC Editores, Lima, 2006, no puede ser más claro y enfático en estas graves denuncias que valdría tomarse muy en cuenta para -los intelectuales severos críticos de los militares- librarnos de absurdos y apasionamientos ideológicos e intereses políticos, si es que podemos librarnos de ellos, si todavía es posible, por lo menos al leer este ensayo. Una de las graves denuncias bien documentadas dice: “Ahora, después de quince años, se ha creado la CVR y las ONGs incitan a los pobladores a denunciar para obtener indemnizaciones. “Si denuncian a Sendero no se les indemniza, si es al Estado en cualquier forma, sí recibirán algo, mejor si es dinero” (Pág.135). ¿Hay poblaciones que han sido manipuladas para recibir compensaciones?

    Los militares se defienden porque son acusados en juicios multitudinarios y rápidos por delitos de lesa humanidad y homicidio calificado:

    “El Estado me envió a cumplir la misión. Amo al Ejército y a su gente. Derrotamos a Sendero y hoy el Estado me quiere poner entre rejas por contribuir a la paz y tranquilidad de las familias de Cayara”.

    En la guerra subversiva por ambos lados se produjeron excesos muy repudiables, los heridos y muertos se contaban no sólo por incursiones o acciones de ofensiva y repliegue militar, sino además por hechos circunstanciales. Así, el día que Sendero Luminoso decidió atacar la Comandancia de Policía de Ayacucho ubicada a un costado del antiguo mercado central que se halla camino a la Alameda, en ese mismo momento se produjo un apagón en toda la ciudad sitiada, era las siete de la noche, clara señal de reinicio de las actividades delictivas. Se produjeron numerosos disparos de ambos bandos por las calles y hasta la BBC a través de Ipidio Vargas, su corresponsal en Huamanga, metido bajo su cama dio cuenta mediante un espectacular enlace telefónico en vivo de estos inmemorables recuerdos. En la sede de la Departamental de educación, contigua a esta Comisaría, a esa misma hora se hallaban reunidos  numerosos maestros que fueron alcanzados algunos de ellos por las balas y una prima, Ruth de La Torre Cavero, según relata, por ser de baja estatura y usar zapatos bajos salvó milagrosamente de morir, pues una de las balas que atravesó el portón de madera pasó rozándole la parte superior del cráneo rozando su cabellera, a tal punto que la despeinó y asegura ella que vio venir la “lucecita”, luz de la muerte que se estacionó tan cerca de la columna vertebral de su colega profesor que se hallaba justamente a su espalda de ella. Su colega nunca sintió dolor, solo una quemazón y abundante sangre empapando su hombro malherido. Ruth de la Torre sin saber lo que sería después “el lobo que se come al cordero” fue gran amiga de Edith Lagos, sin conocer a fondo del liderazgo y  de sus otras actividades políticas y, cuenta entre sonrisas, hasta tuvieron ocasiones como estudiantes de dormir juntas e intercambiar amenas pláticas. Lo mismo sucedió con el profesor y escritor Hildebrando Pérez, quien después supimos fue un conspicuo mando de Sendero Luminoso y, por cierto, notable narrador de literatura. “Yo varias veces vi a Hildebrando en el mercado, me saludaba muy parco cuando advertíamos con mi esposo que él no compraba una o dos latas de atún para su uso familiar sino tantas cajas  como para alimentar el rancho de una tropa, su propia tropa en la clandestinidad”, cuenta Ruth de la Torre.

A veinte años de aquellos suceso si bien la guerra ya pasado tenemos de qué preocuparnos, preocuparnos por ejemplo porque con una supuesta “metodología científica” la CVR culpan las FFAA, PNP y a los campesinos que se defendieron, de ser causantes de miles de muertes. Y con desfachatez llaman “partido político” a Sendero y “movimiento guerrillero” al MRTA, tratando de ponerlos bajo el mando protector de los convenios de Ginebra y avalando su pretensión de ser “prisioneros de guerra” o “presos políticos” como pide con ardorosa pasión Abimael Guzmán Reynoso. En ese sentido los escritores debemos cuidarnos de no caer en estas tentaciones tota-literarias y en dogmatismos políticos vinculantes con la izquierda caviar y, de igual modo, de la derecha oportunista, que promueve en una  intentona hispanista (cruzada, espada de Damocles) con su gran mercadeo editorial a escritores oportunistas bajo el pretexto de ser ellos los confesores de Abimael y de sus esposas, de ser ellos adalides de la democracia y la libertad, para abordar (más bien espulgar) temas tan controversiales como este,  sin haber visitado alguna vez Huamanga y menos pisado nunca Huanta, Acosvinchos, Acocro o Huancasancos,  lugares de masacres, por ejemplo.? ¿Qué  han escrito estos escritores  de esta suerte de “travesura histórica”, donde los militares antes los vencedores, por haber derrotado al terrorismo, ahora son acusados por los vencidos? ¿Qué han dicho estos escritores de los 1186 militares que murieron en combate defendiendo a su patria? Por supuesto, nada. Eso no es ni será para ellos gran  noticia que alimentará las arcas de la Editorial Planeta, Alfaguara u otras para las que trabajan con su pluma. 1186 es un número que nació muerto para la historia futura y de una nueva posible conflagración como la que hemos vivido.

 

La revista Ajos & Zafiros en su último número del mes de marzo 2008 presenta 8 valiosos ensayos de la interpretación de la literatura del conflicto armado interno en el Perú. Entre estos ensayos destacan: Poder y compromiso en el discurso de Sendero Luminoso, de Santiago López Maguiña, quien sostiene:

  “El  conflicto armado interno que viviera el Perú durante la década del ochenta, principalmente, es un evento cuyos efectos aún persisten, es más, todavía constituye una presencia latente. Se halla marcada en los cuerpos y en los sujetos, y los sigue marcando…Desde luego, las marcas de la guerra son llevadas por los damnificados, por las víctimas y los mismos victimarios. Pero se hallan inscritas sobre todo en el imaginario colectivo. La guerra es una herida todavía no saturada. Parte de ello son las narraciones, cuentos, novelas y poemas que se ocupan del evento de la guerra y de sus consecuencias. ”(Pág.15)¿Esto en qué grado es verdad?

 

Otro ensayo con afirmaciones valiosas  pero ciertamente discutibles según se vea para entender el quehacer literario y las motivaciones del escritor es el de Miguel Ángel Huamán: ¿Literatura de la violencia política o la política de violentar la literatura? Huamán nos dice:

     “La literatura no existe en función de reflejar la realidad;  es decir, no se trata de ver como la sociedad  establece contenidos del discurso literario, sino de cómo esta propone significados que permitan, por la vía de la imaginación, descubrir nuevos sentidos de la experiencia social”(Pág. 34)

 

    Destaca además en  la revista Ajos & Zafiros el estudio de Néstor Saavedra Muñoz titulado: Identidad y Diferencia: Un acercamiento al conflicto armado de la década de los 80 representado en cinco novelas peruanas contemporáneas, ellas son Rosa Cuchillo (1997) de Oscar Colchado Lucio; De amor y de guerra (2004) de Víctor Andrés Ponce, Lituma en los Andes (1993) de Mario Vargas Llosa; Abril rojo (2006) de Santiago Roncagliolo y La Hora Azul (2005) de Alonso Cueto.

    El artículo de Luis Fernando Chueca titulado: Desentierros, de-identificaciones, desapariciones, necesita una pequeña aclaración. Ya que hablamos de militares y des-identificaciones, valdría identificar bien la palabra por él mal usada e identificada. “Borcellez” (Pág.75) Debió decir: “Borceguíes”.

    Recomiendo además, con el dolor del testigo ausente, la lectura del libro testimonio de Gotardo Cervantes Mendivil Ayacucho, Yawar destino-Apuntes de nostalgia (1980-2004) El mismo autor explica las dolorosas motivaciones que lo impulsaron a escribirlo: “En Ayacucho las heridas todavía siguen abiertas, no han cicatrizado”. En Ayacucho en muchos niños enfrentados a los dos bandos de la violencia las alegrías se les eclipsaron a muy temprana edad, antes que los pétalos se abrieran a las bondades de la  vida. Este es un tema pendiente de ser tratado por nuestros literatos.

 

Bibliografía:

-Alberto Benavides Ganoza: Después de la Guerra, Ediciones Altazor, Lima, 2000, Pág13, 14 y siguientes:

-Carlos Edal: Cuentos Verdes de la zona roja, Imprenta Renalsa, Lima, 1993.

- Juan José Flores: Huámbar, Poetastro Acacau Tinaja, Ediciones Altazor, Lima, 2004. 

-Pablo Morán Reyna; Complot contra los Militares, Falsedades de la CVR, AMC Editores, Lima, 2006.

-Gotardo Cervantes Mendivil Ayacucho, Yawar destino-Apuntes de nostalgia (1980-2004), La Merced, julio 2004.

-Santiago Roncagliolo, Abril Rojo, Alfaguara, Lima, 2006.

-Revista de literatura: Ajos & Zafiros, Nro 8 y 9, Lima, marzo 2008.

 ©Samuel Cavero Galimidi

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