El Quijote según se mire

 

 

 

 

Por Samuel Cavero© 

 

El pensamiento social cervantino:

 

  Siguiendo una óptica exclusivamente racionalista, Cervantes  presenta la verdad mítica, el ideal,  que no es otro que la forma de vivir los hombres de una época, que se ha transmitido en la conciencia de la humanidad, formando parte de su deseo innato de felicidad, y que muchas veces, a lo largo de la Historia, ha ido aflorando bajo las ideas de fraternidad, igualdad, prosperidad colectiva, libertad, paz universal, las cuales han salido de nuestro inconsciente colectivo para quedar petrificadas en la conciencia de una época. Tal es el caso de Marcela (Quijote., I, XII) es el de “una mujer joven con una condición natural inclinada a la libertad. Ella quiere ser libre, porque desea poner en práctica su inclinación natural. Pero, al no poderlo realizar en la sociedad en que vive con su tío, decide hacerse pastora y vivir en el campo en sociedad con otros pastores y pastoras, donde pueda realmente ser libre” [1]

  Es una fuente tan universal que afecta a todas las tradiciones míticas y a toda la humanidad, pues su esencia se aloja en el corazón del hombre, aunque muchas veces no seamos conscientes de ello.

  Cervantes pretende, mediante su arte escrito, despertar esa conciencia latente en los hombres y mostrarle el camino de la transformación personal para llegar, más que al cambio de la sociedad, a un aumento de nuestro grado de conciencia social, a despertar el deseo y la ilusión de buscar una convivencia más justa y más pacífica, más libre y más solidaria. Lo que sucede es que nos pone en contacto con un ideal, con un modelo de sociedad utópico.

   Si miramos a la sociedad con ojos exclusivamente materiales, tal vez consigamos hacerla avanzar y que sea menos injusta, pero nunca dejará de serlo. Podrá progresar, pero nunca emprender el vuelo largo de la evolución transformadora. En cambio, si abordamos lo social con ojos espirituales, desde los valores del ideal, la transformación social será mucho más intensa y profunda, pues exige el cambio de los valores materiales y el complemento de los espirituales. El resultado será una sociedad más perfecta, con un mayor grado de aceptación de los valores espirituales de libertad, fraternidad e igualdad. Porque sólo si partimos del hombre total, de su doble dimensión, la material y la espiritual, se podrá realizar con más eficacia el contenido típico de una sociedad feliz.

   En ese sentido don Quijote es verdadero espejo para todo aquel que sienta preocupaciones sociales, quien, con sus hazañas, muy risibles sin duda alguna, lucha en “desigual pelea” por llevar a la sociedad la justicia, la lucha contra la opresión, la defensa de la libertad, en una palabra, la ayuda a todos. Y eso no es otra cosa que la expresión concreta de los valores espirituales del amor generalizado, la fraternidad, la igualdad y la paz, generadores todos ellos de felicidad social del ser humano.

 

Del paraíso a la sociedad:

 

“El hombre es capaz de una actividad, que dispone de una fuerza creativa y organizativa y, en consecuencia, puede construir una sociedad más feliz sobre los pilares de la justicia, de la paz  y  de la fraternidad, la cual sea capaz de progresar, de evolucionar,  todo esto dentro de los límites de este  mundo material en que vive. Pero el círculo y la fuente indican que no sólo debe ceñirse a lo material,  sino espiritualizar todo y hallar valores universales, capaces de dar consistencia a una sociedad más justa, igualitaria y feliz. Lo que viene a decir Cervantes, en síntesis, es, que debe transformarse el hombre si quiere  cambiar la convivencia social. …Sólo los valores espirituales pueden imprimir a la sociedad el auténtico rumbo espiritual hacia la felicidad verdadera” [2]

 

 

        La investigadora de la obra de Cervantes, Mirta Aguirre, por su parte sostiene: “Cuando escribe El Quijote, Cervantes se afinca más que nunca, como hace en sus Ejemplares, en el espíritu italiano-burgués que conoció personalmente, y en la crítica erasmista. Contra los que prosiguen abrazados a Mío Cid o al sueño imperial de Carlos V, es contra los que embiste este libro que dice ser una invectiva contra las novelas de caballerías. La nación que alguna vez luchó contra gigantes y que alguna vez acometió empresas gigantescas, quiere ver ahora lo extraordinario en cualquier rebaño de carneros y de ovejas, porque sólo así puede vencer al nuevo Rey Búcar o a Francisco I.

    Ningún otro literato del siglo XVII español fue tan claro respecto a la improductividad de ciertos sectores ciudadanos. Ninguno denunció, como Cervantes  buscó astutamente la manera de poder hacer por boca de Sancho, el ausentismo latifundista, el que plantea de modo directo en el capítulo L de la Primera Parte del Quijote:

 Yo he oído decir que hay hombres en el mundo que toman en arrendamiento los estados de los señores, y les dan un tanto cada año, y ellos tienen cuidado del gobierno, y el señor se está a pierna tendida, gozando de la renta que le dan, sin curarse de otra cosa…

 

     Mirta Aguire nos dice  también:

    Con este libro y con sus inagotables personajes, se comete con frecuencia un error: el de la consideración estática y acuñada. Se estima que Don Quijote es tal cosa, y Sancho la otra. Se habla de pancismo y de quijotismo como hechuras inmóviles y formadas por una sola pieza.

   El libro cervantino se basa en lo opuesto: en la incesante evolución de los tipos centrales de la obra. Caballero y escudero revelan un salto de personalidad entre la Primera y la Segunda; pero aun dentro de cada una de ellas son dinámicos y cambiantes.

    No hay un Don Quijote y un Sancho. Hay dos procesos viales así llamados, que parten de polos contradictorios para entrecruzarse después de forma muy compleja. 

 

 

Literatura y ser nacional:

 

¿Es por casualidad que,  en la Segunda Parte, Don Quijote sigue la ruta Castilla-Aragón-Cataluña? ¿O quiso Cervantes salvar, en su porción más importante, el viejo abismo histórico-político debilitador de la península? Cervantes, que no incurre en regionalismos de ninguna índole, siente a España como un todo indisoluble, y logra que toda España sienta suyo al Caballero de la Triste Figura y a su escudero. Don Quijote de la Mancha vino a revelar que desde los Pirineos hasta Cádiz, por encima de matices locales, había un pueblo sujeto a los mismos avatares, a un común destino que clero y cetro determinaban para todos.

     Este libro en el que a lo largo de varias centurias los españoles que sienten como propio y en el que se reconocen todos, es el primer punto de fusión espiritual para los españoles.  Lo que leyes, instituciones e instrumentos coercitivos no habían podido lograr en más de cien años, lo trae consigo un libro entre burlas y veras.

   Si en el primer momento el acontecimiento no puede medirse, la historia dice luego que  Don Quijote  ofreció a su pueblo la primera visión de un ser común y de una conciencia común. Miguel de Cervantes dona a España lo que constituye su primer patrimonio de veras nacional. No había un Coran, una Biblia, un libro que unificase, que tendiese puentes, que crease un algo de fraterno reconocimiento común. Don Quijote de la Mancha llena ese vacío. Y lograrlo fue, la más grande hazaña cervantina.

 

 

 

Simbolismo del Quijote:

 

   Muchos tratados se podrían seguir escribiendo sobre este gran personaje literario. Según Mirta Aguirre: “En la Primera Parte aunque ruede mil veces por tierra, aunque fracase mil veces, el Caballero de la Triste Figura es invulnerable. Nada puede turbarlo ni hacerlo vacilar. La verdad está en él. Él es portador de la verdad. Y si el mundo real lo desmiente, el enloquecido, el trastocado, es el mundo real. En consecuencia, digan lo que digan los hechos, toda derrota es imposible… En la Segunda Parte, en cambio, la duda corroe  a Alonso Quijano; pese a que las circunstancias, como sucede con su victoria sobre el Caballero del Bosque o con su impune osadía ante el león, sean favorables al reaseguramiento andantesco. Y pese a que los que lo rodean, o bien se dediquen, como en Barcelona al Palacio de los Duques, a proporcionar aparentes asideros verídicos a su delirio.

   En otras palabras en la Primera parte, frente a la negación unánime, Don Quijote cree saber  quién es; en la Segunda, día por día, va sabiéndolo de veras, aunque los otros le construyan una realidad de utilería.

 

    Finalmente Mario Vargas Llosa sostiene que de acuerdo a su teoría de las novelas, que nos sirven para vivir las vidas que no podemos, el caso de El Quijote vendría a configurar una situación límite. Un lector insaciable de escritos de caballería se extravía en su propio amor por las historias que había devorado con los ojos, y termina por convencerse que a su tiempo le hacen falta caballeros como los de antes, que luchen por lo justo y lo bello, como aquellos de los libros, y decide armarse para cumplir este destino.

    En vez que como lector ávido Don Alonso Quijano, acepte compensar su vida gris con la épica de las novelas, decide vivir su propia novela como don Quijote. Y, como no podía ser de otra manera, el resultado tiene que ser un disparate, porque la empresa misma es imposible. Por eso, el héroe nos parece un alucinado. Noble, pero loco. Y su torpe acompañante, simplón en el razonamiento, y sin ninguna ambición de trascendencia, se convierte en una necesaria contraparte de sensatez
elemental ante el peligro, como si los dos personajes en realidad fueran los rostros ineludibles de lo humano: el sueño y la aventura, que se contrapesan con el sentido común y la cotidianidad que huye de los riesgos.

    Quizá las aventuras del Quijote fueron además un proyecto utópico de sociedad y una autocrítica a la sociedad feudal, un modelo de libertad y de ideal que desde entonces hemos admirado por lo irrealizable y por las alucinadas propuestas del caballero andante. Creo que desde que supimos que existía ese libro, en la escuela y en el hogar, y nos inculcaron de niños sus lecturas, se creó en el mundo entero y en  nuestro mundo interior  una cultura pro-quijotesca, cervantina,  una cultura andante,  así de sabia y práctica dentro de lo que algunos llaman  locura, que reverenciará siempre al Quijote por ser como fue. Todos tenemos un Quijote y un Sancho en nosotros mismos, en nuestros propósitos, en nuestros sueños, que evolucionan formando un arco en nuestra curiosa y conflictiva personalidad. La ley del espejo trizado en la literatura de la época. Francesco Muzzioli señala: “Llegar a Don Quijote, donde se hace que se desmoronen desde dentro la perspectiva organicista y las relaciones feudales con el “literalismo” (el loco hidalgo acepta literalmente los ideales de la caballería en una realidad la que ya no funcionaban) y con el distanciamiento irónico de la “mirada literaria”, es decir, la literatura sobre la literatura de los personajes que reivindican en primera persona la polémica contra el plagio de sus propias aventuras”. [5]

 

Para Raúl Wiener [6] los 400 años también son los de Sancho Panza, ciertamente. Para él, Mario Vargas Llosa ha movido su punto de vista. El escudero que cabalgaba sobre un burro, ya no es sólo la conciencia que le advierte al impulsivo caballero los límites de la realidad, sino la otra parte que todos tenemos y que nos aconseja contra los excesos de osadía.  Según el Mario Vargas Llosa, el obeso acompañante de El Quijote, es "un ciudadano mucho más respetuoso de la ley y del prójimo, que su amo"[7] Está dotado de sabiduría natural, perfeccionada en la dura escuela de la supervivencia. A diferencia del hidalgo que es un "ser acorazado en sus convicciones inconmovibles", el Sancho es "un espíritu abierto al que la experiencia va transformando."

"A su manera Don Quijote, el disidente esencial, es un héroe –dice Mario Vargas Llosa-; a la suya el pragmático Sancho, es el ciudadano ideal, cuya conducta garantiza el orden social, aunque no siempre la libertad y el progreso. Si hubiera prevalecido el pragmatismo de Sancho, su comprensión cabal de las cosas de este mundo, el Quijote tendría, al final de la historia, los lomos menos magullados y su boca más dientes. Pero entonces, no habría habido novela -o ella habría sido aburridísima- y la lengua y la literatura española serían menos fértiles de lo que son"[8]

¿Es sólo de literatura que está hablando Mario Vargas Llosa? Se pregunta Raúl Wiener [9]: Evidentemente que no. Esta definiendo un punto de vista sobre la vida y sus opciones. Y como en el caso del caballero, aquí también está exagerando con el escudero. ¿Sancho Panza es un ideal? ¿En qué sentido? En las propias palabras del escritor, su conducta garantiza el orden social. El orden sin justicia, sin libertad, contra el que insurge El Quijote. ¿La vida estaría exenta de magulladuras y todos conservaríamos nuestros dientes en su sitio si siguiéramos la línea pancista de no comprometernos? Vuelve a preguntarse el intelectual. Para Wiener  toda la vida de las mayorías -hace 400 años, también hoy-, está cargada de laceraciones, de dolores e infelicidades. ¡No sólo hace cuatrocientos años, toda la historia sería mejor decir! Luchar contra eso arriesga empeorar las cosas, pero también la posibilidad de dar pasos adelante.

"El llamado a aguijonear en hombres y mujeres el apetito de lo que no tienen ni tendrán, ha aumentado considerablemente la infelicidad humana"[10] Pienso que los seres humanos no serían más felices ni buscarían serlo, convenciéndose que lo que no tienen no lo tendrán, es decir asumiendo la desigualdad y la injusticia como barreras invencibles. ¿Fatalismo que debieran asumir todos? No lo creo así. En esencia el hombre es un luchador e idealista reinventando a diario el mito del Quijote en su propia e innegable aventura personal e intransferible. En ese pleno ejercicio de libertad estriba el secreto de la felicidad, casi siempre, lo sabemos, pasajera. “Por la libertad así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida. La cultura en último análisis, sólo consiste en saber cuándo y por qué hay que aventurar la vida. Lo cultural es algo muy serio, no se le puede identificar con la mera ilustración ni con los superficiales juegos de ingenio. Contra ambos desvíos blandió su fantasmal lanzón.” [11]

   En todo caso son puntos de vista que ayudan a revelar la realidad y el hombre que considera sin solución la necesidad de cambiar el mundo y la aparente tragedia de intentar hacerlo…haciendo siempre crisis existencial.

    Para un escritor y sociólogo brasileño de la talla de Gilberto Freyre, Cervantes es un escritor de la más castiza tradición ibérica. Cervantes, nos dice,  escribió su libro en contra de todas las convenciones literarias: sumando a un poco de las viejas crónicas de hazañas heroicas mucho de pintoresco y hasta de vulgar. Lo pintoresco, lo vulgar, lo chulo, recogido por el autor de la boca del pueblo y por él, Cervantes, intensificando con efectos simbólicos y psicológicamente representativos de la realidad. Dice él:  “Se supone que la idea –o la necesidad- de escribir Don Quijote se apoderó de Cervantes mientras se encontraba en la prisión en la Mancha”. La define como una extrañísima  obra, tan fuera de las convenciones de entonces dominantes en la literatura de cualquier país europeo; tan innovadora; aparentemente mas de joven osado que de vejete prudente. Pero con todas esas contradicciones, obra de escritor característicamente hispánico o ibérico; presente en sus escritos, concreto en sus descripciones, deformadas, sin embargo, a efecto de síntesis o de intensificación  simbólica de la sencilla realidad... Autobiográfico en sus supuestas invenciones puras, que son entretanto, experiencias un tanto disecadas  purificadas a través de una técnica literaria muy ibérica” [12]

    Según Freyre había en Cervantes  un bizantinismo en la composición literaria, talento no sólo de ensayista sino de historiador y hasta de psicólogo social dentro de un escritor de ficción, nunca, en su caso, apenas lúcido en su objetivo de narrador de la historia que, no habiendo ocurrido tal como se presenta, se basa, sin embargo, en intensificaciones de hechos, en mezclas de personas y tiempos diversos y en nuevas combinaciones de relaciones reales e incluso históricas de personas con paisajes. Pero además un estilo de los llamado ‘estilos castigados”, haciendo alusión de lo que el psicólogo ingles Havelock Ellis dijo de su observación de los escritores españoles –el mismo Cervantes- son, por tradición, “apt to neglect the more minute graces of style”. Hechos y relaciones que no sólo ocurrieron como se repitieron bajo la forma sociológica de recurrencias de comportamiento humano, dentro de circunstancias específicamente ibéricas, es decir, hispánicas –o específicamente españolas-, sólo posibles, algunas de ellas, en épocas de la de Don Quijote de disolución de unos estilos de vida, de conducta y de etiqueta y de su incierta substitución por otras.

 

 

Barataria y la isla de Jauja:

 

Desde época remota, se ha hablado, de islas remotas como sinónimo de felicidad, la isla llamada así de Jauja corresponde a este modelo utópico. En la Antigüedad se tuvo noticias de unas islas a las que en latín se denominó “Insulae Fortunatae”. De concreto se refiere a ellas Plinio, en su Historia Natural [13] Son conocidos asimismo por Ptolomeo [14] y Pomponio Mela [15]

    Julio Caro Baroja asegura que filólogos eminentes tienen serias dudas respecto a que haya que buscarlo en el nombre del valle peruano y brinda una excelente referencia de Jauja en su libro Jardín de Flores raras [16] En la provincia de Córdoba hay un pueblecito que se llama así. A los nativos del lugar se les llama “Jaujitos”, y en el siglo XVI las fábulas acerca de la isla feliz eran conocidas especialmente en Andalucía.

    Más allá de las divertidas referencias  que se hallan en El deleitoso de Lope de Rueda, que se publicó en 1567 hay refraneros que recogen la voz popular: “En la ciudad de Jauja, se come, se bebe y no se trabajo”, o “En la tierra de Pipiripao, donde no se conoce el trabajo, todos mueren de hartazgo [17]

 

Referencias:

 

[1] Garrote Pérez: La sociedad ideal de Cervantes, Confederación Española de Gremios y Asociaciones de libreros (CEGAL), Madrid, 1997. Págs. 108-109.

[2] Op.cit., Pág. 108.

[3] Mirta Aguirre: La obra narrativa de Cervantes, Editorial Arte y Literatura, La Habana, 1978, Págs. 80, 81,155, 157 y184.

[4] Mario Vargas Llosa, "Los cuatro siglos del Quijote",  19-01.05. Universidad Ricardo Palma; reproducido por el diario "La República",
edición del 23 de enero de 2005.

[5] Capítulo tercero del libro de Francesco Muzzioli, L'alternativa letteraria, Roma, Meltemi, 2001, pp. 101-23, titulado "Rodríguez e la poesía del no". Traducido por Fernando Martínez de Carnero.

[6] Raúl Wiener: En Rebelón: El Quijote según Vargas Llosa. Elogio de Sancho Panza., 28 de enero del 2005.
[7]  Mario vargas Llosa, Op. Cit.

[8]  Ibidem
[9]  Ibidem
[10] Ibidem

[11] Luis Alberto Sánchez, Escafandra, Lupa y Atalaya,  Preludio cervantino (1947),  Homenaje a Cervantes en su IV Centenario, Lima, 1967. Ediciones Cultura Hispánica, Madrid, 1977.

[12] Gilberto Freyre: Antología, El ejemplo de Cervantes,  Pág. 46-48,  Ediciones Cultura Hispánica, Madrid, 1977.

[13] Plinio, Historia natural, VI, 37 Págs. 202-205.

[14] H.N., IV, 6, 14.

[15] Ibid., III, 102.

[16] Julio Caro Baroja,  El Jardín de las Flores, Seix Barral, Biblioteca Breve, diciembre de 1993, Barcelona, Pág. 53-63.

[17] Luis Martínez Kleiser, Refranero general ideológico español, Madrid, 1982, Pág. 393, b (n: 34664-34665) tomados de Rodríguez Marín.