EL ESCRITOR SE CONFIESA

 

Por: Samuel Cavero

 

¿Por qué escribo?  Escribir para mí es una catarsis permanente de desahogo y es la mejor forma de vencer la soledad y el tedio, más si alguien como yo se halla solo y lejos de su patria. No es descabellado entonces pensar que cuando escribo me exorciso –me endiablo- de pulsiones bioenergéticas que duermen en los abismos insondables de mi compleja naturaleza humana.

     Quizá escribo para conocerme mejor y a mis semejantes, para comparar cuán cierta o falsa es aquella frase que dice:”Cuanto más te conozco, más quiero a mi perro”. Escribo además para sacar al fresco y a la luz de los lectores mis demonios escondidos, aquellos que algunos incautos calificarían de “musas inspiradoras”. ¿Qué me inspira? Un libro en proceso de lectura puede inspirarme a escribir mejor que ese libro, un hecho anecdótico a retratarlo, las conversaciones de la gente que a muchos parecen triviales son también aditamentos de novela,  cuento o poesía. ¡Todo tema vale en la literatura! Escribo asimismo para purificar mi alma, como un acto de terapia permanente, una especie de ejercicio espiritual. Mi gimnasio, mi deporte, mi pasión es sin duda la escritura.

   A veces pienso que si no escribiría vivir fuera de la patria ya me hubiese ocasionado más de un problema psíquico, quizá me hubiese suicidado, quizá hubiese cometido un delito; en fin. Escribir también sirve para maquillar, disfrazar, alimentar y esconder otros demonios, pues no todos los demonios afloran en un instante. Pienso que estos aparecen paulatinamente a medida que uno explora con sus personajes en ese proceso de escritura las diversas galerías del inconsciente, tan inextricable y compleja como la vida misma.

   ¿Qué hacer? Me permito recomendar escribir como un ejercicio que debería ser permanente, algo así como una rutina diaria. ¿Cuántas horas escribir? Eso depende mucho de lo que se tenga que hacer, de lo que se tenga que decir, de la urgencia y vehemencia con que se escribe. Pero también hay otros factores que contribuyen a escribir mejor o a abandonar este ejercicio que debería ser habitual, por lo  menos tres horas diarias, y son las estaciones del año. Las mejores noches de inspiración y de entrega en el proceso de escritura se dan en mí en el otoño, invierno y primavera, no así en el verano, donde a veces los calores insoportables del trópico y las fiestas de fin de año no hacen sino provocarme languidez y sueño. Eso mismo sucede con las lecturas. Pero eso sí ese sueño es un gran sueño que almacena otros sueños.

     ¿Debo estar inspirado para escribir? Mucho se ha discutido sobre esto. ¿Se está inspirado cuando se debe practicar un deporte que a uno le apasiona? Bueno, no, el ejercicio de escribir es también un deporte, donde uno transpira palabras y  en donde los progresos se aprecian nítidamente en la perseverancia, en la disciplina de cuerpo y en el pundonor que se pone en ese hermoso ejercicio mental de hacer literatura. Pues escribir requiere un plan previo, ideas preconcebidas, el collage de situaciones e historias interesantes que deben seguir determinados personajes.

    Escribo pues con pasión, aún cuando pienso que ese sentimiento sólo nos lleva a los hombres a sufrir y a vivir en un desorden y en angustias. Pero uno es feliz en el fondo porque va aprendiendo a manejar la situación para que no se torne en un desorden  mental y físico como a veces sucede en ciertos escritores que terminan  estimulando sus vidas y placeres con drogas y alcohol, así que opto en mi soledad por reciclar mentalmente de manera positiva el universo ficticio que imagino. Pues, no todo lo que cuento es maravilloso, lo mío es siempre una literatura que cuestiona la vida, que enfrenta con crudeza a los dramas, que lo hace patético con un lenguaje  muy realista. De otro modo creo que no serviría para escritor. De allí que me he vuelto un fabulador onírico, un hombre que escapa de sus personajes que parecen de carne y hueso,  un ser atormentado que todavía mastica sueños… ¡y escupe palabras!